jueves, 13 de abril de 2017

Razones de Mercado, por Gloria Álvarez (I)


La niña guatemalteca excedió en 2015 sus quince minutos de fama bajo una lograda estrategia publicitaria basada en juventud, belleza y el descontento en las clases medias latinoamericanas, afectadas por el estancamiento económico de la pos-crisis de 2008 y el natural desgaste de los gobiernos populistas latinoamericanas. Se interpelaba entonces de manera explícita un problema clásico de las sociedades latinoamericanas: la identidad política de las clases medias.




Los partidos institucionalistas tecnocráticos, abastecidos de cuadros políticos de una procedencia especificable (viejos instrumentos electorales personalistas, publicistas y técnicos neoconservadores, partidos conservadores, fuerzas electorales doctrinariamente colaboracionistas con los regímenes militares genocidas) siendo incapaces de adoptar posiciones de institucionalismo socialdemócrata, han dado por anacrónicas las ubicaciones de izquierda y derecha para definir el espectro político, señalando una “gente” ansiosa de consenso y soluciones, que de una u otra forma serían obstaculizadas por la forma “populista”.
El retorno a la discusión sobre el fenómeno de liderazgo de masas es depositado nuevamente en la comunicación política mediática, donde a través de un ropaje liberal distintos publicistas, constituyendo un cuerpo estable oradores, que cuestiona el funcionamiento, finalidad, legalidad e incluso legitimidad del sistema político. El cuestionamiento aparece particularmente lesivo cuando la operación discursiva transmuta las ideas hacia la definición de esquemas ideológicos desestabilizantes de la realidad social en su coyuntura mediante la utilización despectiva y la recurrencia al comportamiento acusatorio. Versiones latinoamericanas como Gloria Vázquez o Elisa Carrió interpretan a un mismo tiempo la representación popular y consultor predictivo. Capaces de obtener con periodicidad la simpatía de grupos antioficialistas pero dificultados de una construcción política propia, entre otras cosas, por la imposibilidad de asumir empatía hacia los sectores sociales más vulnerados, es decir, el electorado de los partidos populistas. Por tanto, sería mediante la disposición de fondos fiscales que el gobierno populista tendría la facilidad de disponer de financiamiento para el soborno, la cooptación y el reclutamiento, estableciendo un régimen que tendría a la corrupción por rasgo característico. En esta línea argumental, simplista hasta el mal gusto, los países latinoamericanos que han optado por líderes carismáticos redistributivos habrían votado por su pobreza, y vivir bajo la manutención del Estado,  dispuestos igualmente a vender alma y cuerpo al político, manipulador social por excelencia.
Se extiende  así la premisa de que un emergente político amorfo e irregular opera como creación monstruosa en el interior del sistema representativo (el populismo) y daría nulidad a la normalización del funcionamiento institucional e impediría la vigencia de una juridicidad transmitida, cuya suspensión tendría por consecuencia la pérdida de confianza hacia países respetuosos de los acuerdos entre Estados. De aquí que el populismo es concebido como ejercicio de manipulación e irresponsabilidad gubernamental, y significación coyuntural del retraso del sistema de representación y estancamiento de la producción, distribución y comercio de bienes y servicios.
Reducido a una lógica política de disposición oportunista de fondos públicos, la conducción populista de gobierno impregna el campo de disputa de la razón histórica, siendo la verdad política y la legitimidad institucional los principales ejes en disputa, con avasallamiento de la memoria histórica a través de operaciones de cooptación y anulación. En el área económica, el populismo asumido como “postergación de la pobreza”, siendo predominante la pérdida de empleo genuino y el sostenimiento de una economía irreal montada sobre subsidios al mercado interno y de baja competitividad en el comercio internacional. Consecuencias previsibles del populismo serían el cercenamiento de la libertad de prensa, la corrupción generalizada en el funcionariado y el control de los precios.
La caracterización de populismo de las ONG´s neoliberales (con las que dialogan las antipopulistas Carrió y Álvarez), esencialista, menoscaba los estudios contemporáneos del fenómeno desde la teoría del discurso, que lo entiende como apenas una metodología de construcción política. Bajo una operación discursiva en apelación a la responsabilidad ciudadana latinoamericana en la formación de su propia historia, los apólogos de la libertad individual irrestricta trastocan el concepto de  seguridad jurídica en convalidación del desfinanciamiento del Estado; promueven la liberalización de los mercados sin reconocer, fortalecer y planificar el sector productivo local con mayores ventajas competitivos; no debatir incentivos estatales para la recomposición social e igualdad  de oportunidades; omiten las relaciones entre mercado interno y comercio internacional; delinean un modelo de ciudadanía  en vinculación con el poder adquisitivo; adulteran el significado de la competencia en sociedades postindustriales de desarrollo medio con alta concentración económica y naturalizan la fragmentación de las sociedades mercantilizadas. 
Tras el crimen social, la proyección paranoide adquiere el nombre de populismo.
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