sábado, 18 de febrero de 2017

Moreno, y el testimonio de una crisis democrática


B
Uenos Aires, año 1937. El destino de la civilización occidental asume un estado crítico. Desprovistos de certidumbre, científicos y propagandistas vociferan diferencias en un contrapunto que nutre el latido acaparador de la catástrofe próxima.




Moreno era un abogado graduado de la Universidad de Buenos Aires, siendo luego catedrático de Derecho civil en la Universidad Nacional de La Plata,  de Derecho Penal en la Universidad de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales. Sus inquietudes políticas le llevaron inicialmente al ejercicio del periodismo -en los diarios El Tiempo y La Argentina-, y luego, tras su incorporación al conservador Partido Demócrata Nacional, se desempeñó como secretario del Procurador General de la Suprema Corte de Justicia, representante letrado del gobierno en la Capital Federal (1931) y gobernador de la Provincia de Buenos Aires (1941-1943), siendo diputado a nivel nacional por la provincia de Buenos Aires en 1916, 1922, 1930 y declinó un nuevo mandato en 1934.
       La preocupación inicial de Moreno es evitar el “copamiento” del sistema electoral. En principio, manifiesta su desacuerdo con el voto secreto al que considera contrario al sistema republicano; si bien alega que el secreto de voto posibilitaría fraguar las urnas con relativa facilidad, la objeción principal está dirigida a la relación del elector con su comportamiento ciudadano, ya que establecería un vínculo irresponsable entre ciudadano y representante, es decir, la participación del mandante en el ascenso del mandatario. Es así que todo compromiso de gestión resultaría, paradójicamente, anulado tras los comicios.
       Impregnado de la interpretación darwinista del positivismo cultural del período, Moreno admite que en toda sociedad hay dirigentes y dirigidos, debiendo los primeros acceder al derecho de ser elegidos por su condición de ausentes, valerosos y autosuficientes. Deben exceptuarse, agrega, los empleados del Estado, a modo de resguardar su carrera administrativa e independencia.



       Facilitada por oleadas inmigratorias desprovistas de fiscalización pertinente, a los vicios institucionales domésticos se ha trasladado la inquietud por el desprestigio de la democracia liberal.  En un liberalismo invadido por  el cientificismo biologicista, considera que “la primera precaución  que debe tomarse de un país organizado se relaciona con el primer grado de la defensa, que consiste en no dejar entrar lo que se considera inconveniente (p. 177). Resulta curioso aquí el posicionamiento del autor, que define sin dubitaciones la idea de una nación concluida, omitiendo las reformulaciones constantes en un país determinado por su élite -a la que Moreno pertenece- a un cosmopolitismo naif y permanente. El peligro del choque faccioso anticiparía en gran medida la Teoría de los Dos Demonios tras la recuperación democrática de 1983.

«En el momento social porque atravesamos se perfilan en el orden político dos tendencias: la conservadora y la extremista. Entre las dos existen matices diversos, pero en el fondo las diferencias se encuentran bien diseñadas entre los que quieren la transformación de todo el orden jurídico y los que mantienen los fundamentos vigentes. Coloco dentro de los conservadores, aun a los fascistas los que si bien es cierto repudian la democracia, le hacen para defenderse del extremismo y asegurar los principios de familia, patria, hogar y religión.
Entre nosotros, el voto secreto favorece siempre a las oposiciones, y ha sido alternativamente garantía, mientras se ha aplicado, para conservadores y radicales, pero a medida que las influencias del extremismo se van extendiendo, el voto secreto se convierte en el arma por medio de la cual se ultimará al liberalismo democrático.» (p. 151)

       Por ello, los Estados deberían asumir una protección poblacional” en protección del país respecto de a) los inconvenientes de raza; b) los estigmas personales congénitos o adquiridas y c) los vicios sociales, con el fin de resguardar los “elementos útiles” que tiendan a impulsar su progreso. En un mismo plano quedan reducidos agitadores y enfermos. La postura del autor adquiere un realismo que no admite correcciones, al admitir la facultad soberana de expulsar a los extranjeros.

«Mientras haya Estados, mientras existan la guerra y la paz, mientras tengamos nacionales y extranjeros, el derecho de expulsión no podrá controvertirse y sólo podrán disentirse dentro de las leyes de cada país acerca de las causas, formas, oportunidades y jurisdicciones.» (p. 175)
«Todos los Estados se defienden contra los elementos extraños que consideran inconvenientes y aceptan también como un lote molesto y fatal, a los elementos suyos que contrarían su desarrollo. De los nativos se defiende con el código penal, y de los extranjeros con la expulsión.» (pp. 176-177)


       Otro factor incidente en el desprestigio de las instituciones es la idea de gloria sostenida por el nacionalismo europeo, entendida como la subordinación de una presunta heroicidad en la guerra de conquista con gran ascendente en la ciudadanía. Debe acontecer, así, una prescripción del derecho a demandar territorios usurpados, que posibilite fronteras estables, prosperidad regional y perspectivas de disolución de rencillas internacionales.
       Un perceptible antagonismo, encarando en facciones partidizadas por el conflicto ideológico europeo, es a su vez amenaza de colectivos desmesurados. Nuevos criterios de representación precisarían de una auditoría de los partidos políticos, especialmente el control financiero y la vigencia de prácticas institucionales democráticas como ejes de transparencia institucional. Otro límite a los desbordes que señala es, curiosamente,  su confianza en el voto de la mujer culta para añadir moderación al sistema político.
       Al aducir que el fundamento democrático habría corrompido los cimientos institucionales del progreso nacional, la prédica pseudo-republicana  de Moreno adquiere las  expresiones características de la reacción conservadora frente al moderno partido de masas, adjudicado como el responsable del despilfarro de las racas del Estado para usos clientilístico-electorales y celebración de la demagogia.
       Paradójicamente, si la irracionalidad de las masas tornase evidente, no existe cuestionamiento al modelo existente de construcción ciudadana tras décadas de gobierno de una clase dominante que, declarada como filoeuropea, despreció la modernización productiva limitándose al consumo de modas y bienes suntuosos del Viejo Continente.

       El texto de Moreno contiene un alto valor testimonial  sobre el pensamiento de la élite argentina, que resguarda el recelo de la ampliación democrática propio de la generación del ´80, en pleno declive del modelo socioproductivo –la primarización agroexportadora- que insufló la senda del régimen conservador tras la batalla de Pavón.


Moreno, Rodolfo (1937) La cuestión democrática, Imprenta López,  Buenos Aires, 1937.
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