miércoles, 22 de julio de 2015

Guerra, utopía y medicalización


“En una reciente reunión sobre el meprobamato, reunión en la que participé, un eminente bioquímico propuso en broma que el gobierno de los Estados Unidos obsequiara al pueblo soviético con cincuenta mil millones de dosis del más popular de los tranquilizadores. La broma tenía su aspecto serio. En una competencia entre dos poblaciones, una de la cuales están constantemente estimulada por amenazas y promesas y constantemente dirigida por una propaganda que señala siempre el mismo camino, mientras que la otra, de modo no menos constante, es distraída con al televisión y tranquilizada con el Miltown, ¿cuál de los dos adversarios tiene más probabilidades de imponerse?” (HUXLEY, ALDOUS. (1958) Nueva visita a un Mundo Feliz (Brave New World revisited), Seix Barral, Buenos Aires, Barcelona, 1984, traducción de Miguel de Hernani, pp. 112-113)


El interrogante relativo al fortalecimiento de la unidad rival en la rigidez de una conducción centralizada y ungida por el credo ideológico mayoritario ha sido objeto de estudio de los científicos sociales estadounidenses desde los primeros encuentros internacionales. Era previsible. Después de todo, ¿qué son, sino loas creencias y las ideologías, los elementos constitutivos de una identidad colectiva y una memoria histórica? Sencillamente una unidad humana condicionada para ser expulsado de la historia.

Tampoco abastece la moral la condición de invulnerabilidad sino cuando el dominio de la técnica persuade de la inutilidad del acto de agresión. No sería razonable comprender la tensión del mundo multipolar sin reconocer la evolución de la industria de aniquilamiento-altamente desarrollada en los bloques en pugna- capaz de prever escenarios de Destrucción Mutua Asegurada (MAD). Las experiencias defensivas de contendientes con una tecnología de muerte incompetente quedan expuestos en los episodios de Afganistán (2001) e Irak (2003).
Huxley se interroga por el futuro de la
civilización occidental con pesimismo
hacia la racionalidad instrumental.

Huxley problematiza con sutileza el conflicto de una sociedad occidental avasallada por la incertidumbre y relajada bajo la farmacología y el entretenimiento. Conservador receloso y perspicaz, visualiza la conversión de las democracias liberales en estructuras administrativas de consumo de masas y control social, que sientan un modelo político de mercado de goces materiales exportable y definible “la Democracia”, pero en términos de calidad humana, un grotesco imperio de chucherías. Sin asistir al pleno despliegue de estas directrices ideológicas (Post-Modernity), el sentimiento religioso del autor (a semejanza de El Salvaje, su alter ego en Brave New World) revela la abdicación de la fe en la ciencia de sus progenitores y la inestabilidad de la definición de una esencia de la condición humana en una especie enajenada de utopía civilizatoria.

Mientras Occidente propiciaba la anulación del sujeto cartesiano y asistía a una antagónica épica de la trascendencia colectiva, la inquietud huxleyriana sobre la posibilidad de libertad ante al mediación existente entre acceso y ejercicio de las libertades individuales apenas hallaba deliberación en el Centro; en tanto, la Periferia era escenario de aniquilación en la imposición del estándar occidental de vida.


Aldous Huxley no pudo ver la derrota de la Unión Soviética. Pero pese al entusiasmo actual por un  “mundo multipolar”, la universalización del neoliberalismo y, en consecuencia, la concentración de la propiedad fundada en el avance sobre la apropiación de los asalariados, la corrupción estatal y el mercado ilegal dan cuenta de la singularidad del momento para la proyección de un sujeto diferente y un orden social superior, acaso sólo posible en la suspensión de la industria despersonalizante y homogeneizadora. 

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