martes, 2 de junio de 2015

El Plan Boris: Europa bajo el puño soviético. Reseña de "La alternativa del diablo", de Frederick Forsyth (2da. parte)

La escasez de trigo, que avizora el hambre en el faltante de 150 de las 250 millones de toneladas que la Unión Soviética necesita para autoabastecerse, fortalece la posición del sector duro: liderado por el teórico Yefrem Vishnayev y el ministro de Defensa Nikolai Kerensky, se niegan a una auto limitación de la actualización tecnológica de los armamentos y proponen el “Plan Boris”, nominado en homenaje a Boris Godunov, zar que recuperó de Suecia las posiciones rusas en el Báltico y consolidó las fronteras del imperio. Se trata, en brevedad de palabras, de la invasión a Europa occidental como remedio a la crisis.
Para la fecha en que nos sitúa el relato (1982) los bloques del mundo bipolar habían formulado estructuras militares multilaterales preventivas. El nuevo rival geopolítico de la democracia liberal conservadora llevó al bloque occidental a constituir el 4 de abril de 1949 la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con los objetivos de preparar una respuesta bajo un sistema de defensa colectiva ante la hipótesis de agresión de una  facción
externa. El 14 de mayo de 1955 se conformará la respuesta del bloque rival, con la finalidad de reforzar el poder militar ante el rearme de Alemania Federal: el Tratado de Amistad, Colaboración y Asistencia Mutua, más conocido como Pacto de Varsovia, que establecía la cooperación en tareas de mantenimiento de la paz, la inmediata organización en caso de ataque previsible y la defensa mutua en caso de que alguno de los miembros fuera atacado.
Fotograma del juego Command & Conquer: Red Alert 2.
La descripción de Forsyth respecto a la magnitud de una ofensiva del poder soviético sobre Europa Occidental resume con precisión el histórico y real temor de los países centrales europeos de ser dominados por un vecino incómodo, escasamente dado al liberalismo para reconocerle una idiosincrasia europea y demasiado rudo y autónomo para admitirlo como un buen aliado. La estrategia de contención europea de la “cuestión rusa” había tenido por sostén la utilización de múltiples Estados tampones en los límites con Europa occidental (desde Polonia hasta los Balcanes), que en la segunda posguerra fueron incorporados a la órbita soviética. Pero las condiciones de vecindad se alterarían con los cambios introducidos en la segunda posguerra europea.
La pugna entre las superpotencias, intensificada en el enfrentamiento ideológico en las zonas de disputa, unía a los más prestigiosos vencedores de la Segunda Guerra Mundial en el juego de expandir su influencia política e imponerse limitaciones mediante al amenaza (de la utilización de armas nucleares inclusive). La profundidad del peligro de la Guerra Fría encuentra su esencia, en escritores occidentales como Forsyth, en la peculiar complejidad del enemigo ruso, heredero de las tradiciones orientales que prepararon a los pueblos asiáticos para el sometimiento individual a favor de la construcción del Estado imperial, pero lo suficientemente moderno para apreciar las bondades de la técnica en el uso industrial-militar, desplazado del derecho a voto en la eurozona pero respetado por las aguerridas naciones asiáticas.
¿Forma parte, acaso, de la esencia de la constitución del Estado ruso, la incorporación del territorio europeo a su dominio? ¿o es apenas una fantasía paranoica surgida ante un lindante coloso territorial semejante -por magnitud de relaciones internas y protagonismo- a un espacio continental?




El Plan Boris (fragmento)

«Se repartieron doce ejemplares del grueso legajo. Kerensky se reservó uno y empezó a leerlo. Rudin no abrió el que tenía delante y siguió fumando continuamente. Ivanenko dejó también el suyo sobre la mesa y miró a Kerensky. Tanto él como Rudin sabían, desde hacía cuatro días, lo que decían aquellos papeles. Kerensky, de acuerdo con Vishnayev, había sacado de la caja fuerte del Estado Mayor Central el legajo del Plan Boris, nombre inspirado en el de Boris Godunov, el gran conquistador ruso. Ahora había sido puesto al día. 
Era algo imponente, y Kerensky empleó dos horas en leerlo. Durante el mes de mayo próximo, las acostumbradas maniobras del Ejército rojo en Alemania Oriental serían mayores que nunca, pero con una diferencia. No serían tales maniobras, sino una acción real. Al darse la orden, 30.000 tanques y vehículo blindados de transporte de tropas, cañones móviles y carros anfibios, girarían hacia el Oeste, cruzarían el Elba e invadirían Alemania Occidental dirigiéndose hacia Francia y hacia los puertos del Canal de la Mancha. Delante de ellos, 50.000 paracaidistas serían lanzados sobre cincuenta lugares y se apoderar´ian de los principales aeródromos nucleares tácticos de los franceses, en Francia, y de los americanos e ingleses, en suelo alemán. Otros cien mil caerían sobre los cuatro países escandinavos y ocuparían las capitales y las arterias principales, apoyados masivamente por la Armada desde cerca de las costas. 
La acción militar no alcanzaría a las penínsulas Itálica e Ibérica, cuyos Gobiernos, dominados por los eurocomunistas, serían advertidos por los embajadores soviéticos de que debían permanecer al margen de la lucha o perecer si no lo hacían. De todos modos, no tardaría más de un lustro en caer como frutos maduros. Lo propio ocurriría con Grecia, Turquía y Yugoslavia. Suiza sería respetada, y Austria, empleada sólo como lugar de paso. Ambos serían más tarde como islotes en un mar soviético, y no durarían mucho.
La primera zona de ataque y ocupación sería la formada por los tres países del Benelux, Francia y Alemania Occidental. De momento, Gran Bretaña se vería afectada por las huelgas y confusa por la extrema izquierda, que, siguiendo instrucciones de Moscú, lanzaría inmediatamente una campaña en pro de la no intervención. Londres sería informada de que, si la fuerza de choque nuclear era empelada al este del Elba, Gran Bretaña sería borrada de la faz del mundo.
Durante toda la operación, la Unión Soviética exigiría a gritos un inmediato alto al fuego en todas las capitales del mundo y en las Naciones Unidas, sosteniendo que las hostilidades sólo afectaban a Alemania Occidental, que eran temporales e iban exclusivamente encaminadas a evitar una marcha de los alemanes occidentales sobre Berlín, alegato que sería creído y apoyado por la mayoría de la izquierda europea no alemana. 
- ¿Y que harán, entretanto, los Estados Unidos? –le interrumpió Petrov.
Kerensky le miró, enojado por ver interrumpido su discurso después de noventa minutos. 
- El empleo de armas nucleares tácticas en el suelo alemán no puede excluirse –siguió diciendo Kerensky-, peor con ellas se destruiría Alemania Occidental, Alemania Oriental y Polonia. Gracias a la debilidad de Washington, no habrá despliegue de misiles desde el mar, ni de bombas de neutrones. Las bajas militares soviéticas se calculan entre cien mil y doscientas mil, como máximo. Pero, como intervendrían dos millones de hombres en los tres servicios, el porcentaje sería aceptable. 
- ¿Duración? – preguntó Ivanenko.
- Las unidades de vanguardia de los Ejércitos mecanizados entrarían en los puertos del Canal de la Mancha cien horas  después de cruzar el Elba. Entonces, podría negociarse el alto el fuego, durante el cual se practicarían las operaciones de limpieza. 
- ¿Es esto factible, en el tiempo indicado? –preguntó Petryanov.
Esta vez, intervino Rudin.
- ¡Oh, si! Es factible –asintió mansamente, y Vishnayev le lanzó una recelosa mirada.
- Todavía no se ha contestado a mi pregunta –observó Petrov-. ¿Qué hay de los Estados Unidos? ¿Qué hay de sus fuerzas nucleares de choque? No me refiero a las armas tácticas, sino a las estratégicas. Las bombas de hidrógeno de las cabezas nucleares de sus misiles balísticos intercontinentales, de sus bombarderos y de sus submarinos, 
Las miradas de los que estaban en la mesa se fiaron en Vishnayev. Este se levantó de nuevo.
- El presidente americano deberá recibir, en el primer momento, seguridades formuladas de modo solemne y verosímil –dijo-. Primera: que la URSS no será nunca la primera en emplear armas nucleares. Segunda: que si los 300.000 soldados americanos destacados en al Europa Occidental intervienen en la lucha, tendrán que enfrentarse con los nuestros en una guerra convencional o de táctica nuclear. Tercera: que si los Estados Unidos recurren a mísiles balísticos contra la Unión  Soviética, las cien ciudades principales de los Estados Unidos dejarán de existir. 
“El presidente Matthews, camaradas, no sacrificará Nueva York para salvar a París, ni Los Angeles para salvar Francfort. No habrá reacción termonuclear americana.
Se hizo un pesado silencio, mientras  los reunidos iban asimilando las perspectivas. El enorme almacén de comida, incluido el trigo, de bienes de consumo y de tecnología, que era la Europa a Occidental. La caída, como frutas maduras, de Italia, España, Portugal, Austria, Grecia y Yugoslavia, dentro de pocos años. El aislamiento de Gran Bretaña y de Irlanda frente a la nueva costa soviética. El dominio, sin disparar un tiro, sobre el mundo árabe y el Tercer Mundo. Todo esto, junto, era extraordinario. 
- Es un panorama muy hermoso –afirmó, al fin, Rudin-. Pero todo parece fundarse en una presunción: que los Estados Unidos no harán llover  proyectiles nucleares sobre la Unión Soviética, si les prometemos que no lanzaremos los nuestros contra ellos. Me gustaría saber si el camarada Vishnayev tiene algo que confirme su confiada declaración.  En una palabra, ¿es un hecho demostrable, o una esperanza acariciada por él?
- Es más que una esperanza –saltó Vishnayev-. Es un cálculo fundado en la realidad. Como capitalistas y nacionalistas burgueses que son, los americanos pensarán siempre primero en ellos mismos. Son tigres de papel, débiles e indecisos. Y, sobre todo, cuando se enfrentan con la perspectiva de perder vidas propias, son cobardes.
- ¿De veras lo son? –murmuró Rudin-. Bueno, camaradas, intentaré resumir. El panorama descrito pro el camarada Vishnayev es atrayente en todos los sentidos; pero se apoya en la esperanza… perdón, en sus cálculos, de que los americanos no replicarán con sus potentes armas termonucleares. SI lo hubiésemos creído así antes de ahora, sin duda habríamos terminado ya el proceso de liberación de las masas oprimidas de la Europa Occidental, arrancándolas al fascismo-capitalismo y trayéndolas al marxismo-leninismo. Por mi parte, no veo ningún elemento nuevo que justifique el cálculo al camarada Vishnayev. 
“En todo caso, ni él ni el camarada mariscal han tenido nunca tratos con los americanos, y ni siquiera han estado en Occidente. [...]  Yo he estado, personalmente y discrepo de ellos. Oigamos lo que tiene que decir el camarada Rykov.
El viejo y veterano ministro de Asuntos Exteriores estaba pálido como la cera.
- Todo esto huele a kruschevismo, como en el caso de Cuba. Llevo treinta años en Asuntos Exteriores. Los embajadores en todo el mundo me informan a mí, no al camarada Vishnayev. Y ninguno de ellos, ni uno solo, y ningún técnico de mi Departamento, ni yo mismo, tenemos la menor duda de que el presidente de los Estados Unidos reaccionaría con su fuerza termonuclear contra la Unión Soviética. No se trata simplemente de un intercambio de ciudades. También él pude ver que la consecuencia de una guerra semejante sería el dominio de casi todo el mundo por la Unión Soviética. Sería el final de América como superpotencia, como potencia, como cualquier cosa por encima de la nulidad total.  Arrasarían la Unión Soviética, antes que entregarnos la Europa Occidental y, por ende, el mundo. 
- Por mi parte, debo señalar –intervino Rudin- que, si lo hiciesen, no estaríamos aún en condiciones de impedírselo. Nuestros rayos láser de partículas de lata energía, lanzados desde los satélites espaciales, no son aún totalmente eficaces. Sin duda llegará un día en que podamos desintegrar los cohetes en el espacio interior antes de que puedan alcanzarnos. Pero no ahora… Los últimos cálculos de nuestros expertos…, de nuestros expertos, camarada Vishnayev, no de nuestros optimistas…, indica que un ataque termonuclear masivo de los angloamericanos nos costaría cien millones de ciudadanos, en su mayoría grandes rusos, y devastaría el sesenta pro ciento de la Unión desde Polonia a los Urales. Pero sigamos. Camarada Ivanenko, usted conoce Occidente. ¿Qué tiene que decir?
- A diferencia de los camaradas Vishanyev y Kerensky –declaró Ivanenko-, yo tengo el control de centenares de agentes en todo el Occidente capitalista. Sus informes son invariables. Tampoco yo tengo al menor duda de que los americanos replicarían.
- Entonces, permítanme resumir –dijo bruscamente Rudin, considerando terminados los momentos de tanteo-. Si negociamos con los americanos para conseguir trigo, quizá tendremos que aceptar exigencias que supondrían un retroceso de cinco años para nosotros. Si soportamos el hambre, el retroceso será probablemente de diez años. Si provocamos una guerra europea, es posible que seamos barridos del mapa o, en otro caso, suframos un retroceso seguro de veinte a cuarenta años.
“Yo no soy un teórico como lo es, indudablemente, el camarada Vishnayev. Pero creo recordar que las enseñanzas de Marx y de Lenin insisten mucho en un punto: si bien hay que buscar la implantación mundial del régimen marxista en todo momento y por todos los medios, no hay que poner en peligro el progreso corriendo riesgos estúpidos. Entiendo que este plan significa un riesgo disparatado. Por consiguiente, propongo que…
- Yo propongo que se someta a votación –interrumpió suavemente Vishnayev.

Con que así estaba la cosa. No un voto de confianza, pensó Rudin; esto vendría más tarde, si perdía el primer asalto. La facción belicista se había quitado la careta. Desde hacía años, no había tenido una impresión tan clara de estar luchando por su vida. Si perdía, no podría gozar de un cómodo retiro, ni retener las villas y los privilegios, como había hecho Mikoyan. Sería la ruina, el exilio o, quizás, el balazo en la nuca.»




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